(Obtenido de Tella,
J.L., 1988. Los mases: refugios de vida en la llanura cerealista. En: Pedrocchi, C.
(coor.): Ecología de Los Monegros. La paciencia como estrategia de supervivencia. Ed.
I.E.A./Centro de Desarrollo de Los Monegros. Huesca)
Introducción
Seguramente, a nadie que pasee por los
secanos de la depresión del Ebro, bien sea por sus relictos sabinares, pinares o sus
últimas manchas de vegetación esteparia, bien sea por las vales cultivadas o las
extensas planicies cerealistas, le pasará desapercibida la presencia jalonada de
numerosas edificaciones semiderruidas. Estos edificios, antaño utilizados como viviendas
(los llamados mases) y, en menor medida, como refugio del ganado ovino (corrales y
parideras), han sido abandonados en su práctica totalidad, integrándose actualmente como
un elemento más en el paisaje monegrino. Dado su innegable papel en el proceso histórico
de la transformación de estas tierras por el hombre, y su actual importancia como refugio
y lugar de nidificación para la fauna, los mases se han ganado un merecido hueco en la
naturaleza de los Monegros.
Origen y uso de los mases
Los mases surgen como respuesta al primer
problema que se encuentra el hombre cuando comienza a cultivar de forma extensiva Los
Monegros. Los asentamientos humanos son pocos, situados principalmente en las riberas de
los ríos, y los campos que el hombre va ganando al terreno cada vez quedan más lejos sus
pueblos, siendo necesarias muchas horas de transporte en carro para llegar a ellos. El
único modo de cultivar efectivamente estas tierras resultó ser la construcción de
viviendas en la proximidad de los campos, que pudieran ser utilizadas durante los meses de
labor. De este modo, familias enteras se desplazaban para vivir varios meses al año en
los mases, principalmente con motivo de la siega, y regresar a los pueblos una vez
finalizada la tarea.
La distribución y arquitectura de los
mases depende en gran medida, aparte de las costumbres propias de cada municipio, de su
distanciamiento de los pueblos. Los mases más cercanos acostumbran a ser los más
sencillos, usualmente naves de una sola planta, apenas compartimentada, con un fogón
donde cocinar y un espacio compartido con las caballerías para dormir en el suelo sobre
un lecho de paja. No se necesitaban muchos más requisitos para ser habitados por corto
tiempo. Con la lejanía de los pueblos los agricultores viven temporadas más largas en
los mases, y con ello las edificaciones ganan en complejidad persiguiendo mayores
comodidades. Los fogones se convierten casi en cocinas, con aparadores y armarios, se
crean distintas dependencias y a menudo un segundo piso. En numerosas vales los mases se
construyen aprovechando las pequeñas laderas del terreno, de modo que el segundo piso
queda a la altura del suelo y en él se puede almacenar fácilmente el grano o la paja,
dedicando la planta baja a la vivienda y las caballerías. Las familias viven hasta dos y
tres meses al año en estos mases, que se convierten en sus segundas viviendas. Estas se
agrupan a menudo, compartiendo dos o tres mases los mismos muros, y en ocasiones llegan a
formar pequeños poblados con mases diseminados en torno a los escasos pozos. Las visitas
a los pueblos para obtener provisiones eran pocas, recurriendo a alimentos poco
perecederos como tocino y pan seco, sardinas rancias y alubias, que se complementaban con
alguna pieza de caza, mientras que el agua de lluvia se almacenaba en tinajas.
El sistema agrícola de cultivos de año y
vez generó a su vez abundantes rastrojos y barbechos y con ello alimento para los
rebaños de ovejas. De este modo, y con el objeto de mantener dichos rebaños, se
construyeron numerosas parideras, constituidas por un amplio corral con cobertizo al que
se le adosaba un pequeño mas para uso de los pastores.
Cuando los mases cambian de inquilinos
Los mases perdieron gradualmente su
funcionalidad con la progresiva mecanización del campo. Con la llegada de los primeros y
más rudimentarios tractores y aperos agrícolas se redujo la duración de las labores, y
con ello los periodos de estancia en los mases. Rápidamente surgieron tractores más
potentes que, en combinación con los coches, permitieron que en poco tiempo los
agricultores volvieran cada día a sus pueblos. Los mases pasan a ser utilizados tan sólo
de forma esporádica para guardar algunos aperos, y aproximadamente a partir de la década
de los 60 son abandonados de forma masiva.
Tras ser desocupadas, estas edificaciones
se constituyen en solitarios y atractivos albergues para un buen número de nuevos
inquilinos. Algunas especies ubiquistas de aves, como el cernícalo vulgar (Falco
tinnunculus), la grajilla (Corvus monedula), el mochuelo (Athene noctua)
y la paloma zurita (Columba oenas), que se vieron perjudicadas por el hombre al
eliminar de las llanuras monegrinas los vetustos árboles con plataformas y agujeros donde
nidificaban, encuentran cómo es el mismo hombre quien les ofrece ahora nuevos lugares de
nidificación en sus propias pero abandonadas casas. Otras especies claramente rupícolas,
como el cernícalo primilla (Falco naumanni) y la chova piquirroja (Pyrrhocorax
pyrrhocorax), hallan en los mases un fácil vehículo para extender sus poblaciones en
un hábitat adecuado donde de otro modo apenas podrían reproducirse. En total, son cerca
de veinte especies de aves las que utilizan los mases para nidificar o, en menor grado,
como refugio nocturno. A ello hay que añadir mamíferos que, como el conejo (Oryctolagus
cuniculus), la rata de campo (Rattus rattus), el lirón careto (Elyomis
quercinus), e incluso el zorro (Vulpes vulpes) y la garduña (Martes foina),
excavan sus madrigueras en el interior de los mases o hallan refugio en los huecos de los
muros y tejados, junto a reptiles habituales como la culebra de escalera (Elaphe
scalaris) y el lagarto ocelado (Lacerta lepida).
Los mases como laboratorios naturales
La reciente instalación en los mases de
una singular comunidad de vertebrados ofrece excelentes oportunidades para el estudio de
sus interacciones, comportamiento y ecología. De entrada, cabría esperar la existencia
de una elevada competencia entre las diferentes especies de aves por los lugares de
nidificación. Sin embargo, se ha comprobado cómo en realidad no es tal como parece.
Los diferentes tipos de mases y parideras,
su estado de conservación y su uso por el hombre ofertan diversas oportunidades para la
instalación de cada animal. Las especies más antrópicas, como el gorrión común (Passer
domesticus), la golondrina (Hirundo rustica) y la paloma (Columba livia),
se ven casi exclusivamente ligadas a algunas parideras habitadas. Cernícalos vulgares,
palomas zuritas, mochuelos, grajillas y las raras carracas (Coracias garrulus)
anidan en los huecos de los muros y, en menor medida, bajo las tejas, mientras que son los
cernícalos primillas, estorninos negros (Sturnus unicolor), y alguna que otra
abubilla (Upupa epops) quienes ocupan de forma masiva los ruinosos tejados. Los
mases compartimentados con aberturas al exterior, bien sean puertas, ventanas o muros
derruidos, ofrecen la mayor disponibilidad de lugares de nidificación, no siendo raro
encontrar hasta ocho especies diferentes en un solo mas. En su interior buscan los
rincones más oscuros las lechuzas (Tyto alba) y las chovas piquirrojas,
construyendo estas últimas sus voluminosos nidos sobre vigas y estanterías de los
fogones, no pocas veces usadas también por cernícalos vulgares y zuritas, quienes llegan
a nidificar en pesebres e incluso en el suelo. Los mases enclavados en las vales más
abruptas, con afloramientos rocosos, albergan también nidos de gorrión chillón (Petronia
petronia) y collalba negra (Oenanthe leucura). No deja de sorprender cómo los
machos de esta collalba, poco mayor que un gorrión, llegan a acumular más de treinta
kilos de pequeñas piedras en las entradas de sus nidos, situados en estanterías y
repisas, con el objeto de atraer a las hembras durante su ferviente actividad de
transporte. A esta larga lista de especies habituales siempre cabe añadir otras de
nidificación más esporádica, como es el caso del cuervo (Corvus corax). Estas
observaciones sobre la repartición de los mases y de los lugares de nidificación por
diferentes especies se ven corroboradas por análisis multivariantes que muestran cómo la
competencia interespecífica es relativamente baja, aunque no cabe descartar que en un
futuro se incremente ante la inevitable desaparición de un buen número de mases.
La instalación relativamente reciente de
los cernícalos primillas en los mases permite estudiar desde los mecanismos de
dispersión, formación y aumento de nuevas poblaciones, hasta cuestiones evolutivas como
puede ser el origen de la colonialidad en las aves. Los primillas nidifican tanto en
solitario como en agrupaciones coloniales formadas hasta por varias decenas de parejas. En
Monegros se ha comprobado cómo las colonias son iniciadas por una o pocas más parejas.
En años sucesivos se ven atraídas nuevas parejas, hasta formar colonias de gran tamaño.
El aumento en su tamaño conlleva una mayor competencia por el alimento, la cual podría
impedir su crecimiento ilimitado. Por otra parte, las colonias de primillas atraen a casi
una treintena de especies predadoras, destacando entre ellos el zorro y la rata, que se
alimentan de sus huevos, pollos e incluso adultos. El impacto de la predación es menor
cuanto mayor son las colonias, debido tanto a la defensa comunal que ejercen los primillas
como a que los predadores afectan a un menor porcentaje de los nidos. De este modo, la
predación condiciona la descendencia que deja cada individuo a lo largo de su vida,
asociada al tamaño de colonia en el que se instale, y se erige como el principal motor
que conduce a la colonialidad en esta especie: sólo aquellas colonias fundadas en lugares
seguros frente a los predadores llegan a constituirse con el tiempo como tales.
Las chovas piquirrojas muestran un
comportamiento singular: afectadas por los mismos predadores que los primillas, prefieren
nidificar en las colonias de estas pequeñas rapaces. Es así como reciben protección
bajo la intensa actividad de defensa de los primillas, y no en vano las chovas que
nidifican en sus colonias alcanzan un mayor éxito reproductor al sufrir menores pérdidas
por predación.
Mientras que las longevas parejas de
chovas son territoriales y viven en los mases donde nidifican a lo largo del año, los
jóvenes muestran un comportamiento distinto. Hasta alcanzar la edad de emparejarse, entre
el segundo y cuarto año de vida, realizan ciertos desplazamientos y se agrupan en bandos
formados incluso por varios cientos de individuos. Estos bandos forman dormideros estables
a lo largo de las estaciones y de los años en unos pocos mases. Sin embargo, cuando
alcanzan la edad apropiada y características morfológicas similares a las de los adultos
reproductores, se agrupan en un nuevo y hasta ahora desconocido tipo de dormideros, más
pequeños, móviles, y cercanos a lugares donde las expectativas de hallar un lugar donde
reproducirse son mayores.
Muchos más son los estudios realizados
sobre los vertebrados en los mases, pero no es así en el caso de los invertebrados. Por
ahora tan sólo han sido estudiados algunos parásitos de las aves, lo que no ha impedido
mostrar ya un hallazgo más que interesante: un ácaro que vive sobre las plumas de las
chovas, aparte de presentar interesantes ciclos de transmisión acordes con el
comportamiento social de su hospedador, ha resultado ser un comensal o incluso probable
mutualista, y no parásito, de las chovas.
Importancia de los mases para la
conservación de las aves
La práctica tradicional de cultivar
cereales de secano en régimen de año y vez ofrece a especies como el cernícalo primilla
y la chova piquirroja excelentes hábitats de alimentación, en una región donde los
mases permiten su nidificación por doquier. No es de extrañar entonces la presencia de
una saludable población de primillas que, contrastando con el generalizado declive que ha
sufrido la especie en toda Europa, sobrepasa ampliamente las 400 parejas distribuidas en
más de un centenar de mases, hallándose todavía en expansión. En cuanto a la chova,
censos parciales han permitido estimar una población que ronda el millar de parejas
reproductoras, aparte de los varios cientos de ejemplares no reproductores. Para hacerse
una idea de la importancia de estas cifras, esta población supera con creces a la que
habita en Irlanda, uno de sus últimos refugios europeos. La presencia de cualquiera de
estas especies justifica por sí misma la declaración de extensas áreas de Los Monegros
como Zonas de Especial Protección para las Aves (ZEPAs), según las directivas
comunitarias que atañen a la conservación de especies amenazadas.
Aunque no reciben el mismo grado de
atención desde el punto de vista de su conservación, no debemos olvidar que el resto de
especies mencionadas anteriormente hallan en los mases los últimos lugares donde poder
nidificar, después de que los árboles desaparecieran casi por completo de la llanura
cerealista, e incluso que los tradicionales montones de piedras vayan por el mismo camino.
Tan sólo a título de ejemplo, tras prospectar 355 mases se hallaron un total de cien
parejas de mochuelo.
El declive de los mases y de sus nuevos inquilinos
Al carecer ya de un valor para sus
dueños, los mases no reciben mantenimiento y entran en un franco proceso de deterioro.
Las cerraduras pierden su función, y pronto puertas y ventanas quedan abiertas. Cuando
no, son forzadas para desentrañar sus valores culturales. Tinajas, bancas, candiles,
aperos de labranza y otros enseres han sido sistemáticamente expoliados para su venta
como antigüedades o triste chatarra. Hoy en día, apenas queda ya un mas que mantenga
intactos sus recuerdos.
Las aves encuentran mayores facilidades
para nidificar cuanto más desvencijados se hallan los mases. Mientras que pocas utilizan
los mases nuevos, su número y diversidad es mayor en los mases viejos y se multiplica en
los abiertos. Sin embargo, a partir de este momento la tendencia se invierte. Tras el
desplome de una viga o porción de tejado, el derrumbamiento del mismo es inevitable.
Desaparecen con ello tanto las especies que crían en los tejados como en los interiores
de los mases, perdurando solamente aquellas que utilizan los agujeros de los muros. Pero
por poco tiempo, ya que acaban también cayendo.
En un sector de Los Monegros se ha
estimado el derrumbamiento de aproximadamente el 40 % de los mases en tan sólo una
década. Este proceso de envejecimiento se ve agravado por la acción de los mismos
propietarios. No son pocos los que legítimamente desmantelan sus tejados con el fin de
reciclar vigas y tejas. A ello hay que sumar el efecto de las recientes concentraciones
parcelarias: algunos mases quedan dentro de los campos, optando entonces por su
eliminación con el fin de facilitar las labores agrícolas. En contrapartida, se
construyen nuevos mases y parideras, pero utilizando materiales modernos (bloques de
cemento, tejas planas y uralita) que difícilmente permitirán la nidificación de las
aves. Resulta difícil predecir por cuánto tiempo seguirán los antiguos mases en pie,
más todavía tratándose de un proceso de degradación que avanza de forma exponencial,
pero quizá no resulte aventurado adelantar que no quede ni uno en un par de décadas.
¿Resulta justificable la conservación de
los mases?
Tras el anterior despilfarro de argumentos
en favor de los mases, parece irónico plantearse esta pregunta. Sin embargo, con toda
seguridad se trata de una duda ampliamente compartida. Empezando, paradójicamente, por el
sector conservacionista. ¿Recibirían la misma atención estos mases si no fueran
cruciales para las poblaciones de chovas y primillas? Seguramente no. Y, yendo un poco
más allá, no se requieren largas cavilaciones para concluir que estas poblaciones se han
beneficiado largamente de la actividad humana que, a través de la transformación de la
naturaleza original en un extenso cultivo cerealista salpicado de casas, les ha ofrecido
alimento y refugio óptimos. Estamos intentando conservar entonces unas especies en un
hábitat artificial, creado por el hombre, idea que puede chocar con quienes piensan en la
necesidad de conservar los espacios "naturales" de Los Monegros. Quizá la mejor
aclaración sea una pregunta: ¿cuántos lugares quedan, aquí, en Europa y en gran parte
de este planeta, ampliamente reconocidos por sus valores naturales y bajo demanda de
conservación, que no hayan sido influenciados en mayor o menor medida por la actividad
humana? Volviendo a Los Monegros, incluso los últimos y emblemáticos retazos de estepa o
sabinar, considerados como hábitats naturales de indudable valor, son el fruto de muchos
siglos de actividad humana. Hasta el punto de que su regeneración en el sentido más
estricto podría resultar utópica, ya que sus estados originales no dejan de ser en
cierto modo hipotéticos.
Las dudas sobre el valor de los mases son
sin duda mayores cuando surgen del ámbito socioeconómico regional. Por un lado, a buena
parte de la generación actual de propietarios le tocó experimentar la vida en los mases,
recordándola como un periodo de penurias económicas y de carencia de comodidades. Para
ellos los mases no son ahora sino un estorbo o un rincón en el olvido, y será necesario
el transcurso de varias generaciones antes de que la sociedad aprecie el valor histórico
y cultural de los mismos. Para entonces, seguramente será demasiado tarde.
Por otro lado, aún en el caso de
conseguir conservar los mases, de poco serviría ante la ingente presión social por
transformar el hábitat. Resulte o no justificable, tanto desde el punto de vista
económico como conservacionista, la intensificación de los cultivos es un barco de gran
eslora, y el deseo de regar Los Monegros un ruego histórico de gran calado
sociopolítico. Estas transformaciones tardarán mayor o menor tiempo en implantarse, pero
difícilmente se evitarán por la simple existencia de una interesante comunidad ornítica
o unas manchas de vegetación esteparia. La conservación se digiere mal si no va
acompañada de contrapartidas económicas, y la conservación de estas comunidades y
hábitats debe pasar necesariamente por ello, requiriendo ayudas institucionales que
permitan compatibilizar la conservación de la naturaleza con los intereses económicos de
los agricultores. El mantenimiento de los mases también resulta impensable si no es
promovido por la misma Administración. Por el momento se han llevado a cabo algunas
actuaciones, pero en cualquier caso más que insuficientes.
El pujante incremento de los turismos
rural y naturalista puede ofrecer una esperanza añadida, aunque requiere si cabe mayor
iniciativa social. Quizá no resultase económicamente inviable la creación de una
seleccionada red de mases y parideras, acompañada de la propiciación local de una
agricultura y ganadería tradicional, donde los descendientes de los actuales agricultores
pudieran contemplar e incluso experimentar plácidamente cómo vivieron sus antepasados, y
cómo viven luego sus nuevos inquilinos.
La demanda social buscando naturaleza,
costumbres y paisajes insólitos crece día a día, pero desafortunadamente de forma más
rápida a como lo hacen los medios dispuestos para ello. Sólo un imaginativo, urgente y
esforzado diálogo dispuesto a alcanzar un consenso entre la conservación y el desarrollo
rural, permitiría que estas últimas sabinas, estepas, mases y barbechos no queden
relegados en el futuro a tan sólo viejos archivos fotográficos y extensos tratados
científicos.