El clima en los Monegros

 

 

(Obtenido de Creus, J., 1988. El clima de Los Monegros. En: Pedrocchi, C. (coor.): Ecología de Los Monegros. La paciencia como estrategia de supervivencia. Ed. I.E.A./Centro de Desarrollo de Los Monegros. Huesca)

 

Introducción.

El relieve es uno de los factores que más influyen en el clima, dada su capacidad para modificar el normal comportamiento espacial de sus elementos y generar condiciones ambientales completamente distintas. Ello es muy notorio en las zonas montañosas donde la altitud es responsable de importantes variantes del clima regional, pero no lo es menos en aquellas zonas topográficamente deprimidas y rodeadas de montañas, donde la pérdida de la capacidad termorreguladora que tiene el aire húmedo al atravesar los relieves montañosos da lugar a una reducción de la humedad y disminución de la precipitación que activa la evaporación e incrementa la aridez que, unido al elevado contraste térmico, generan climas de acusado matiz continental.

En este contexto topográfico debe situarse el clima de la depresión del Ebro, muy condicionado por unos relieves que le aíslan de la acción benefactora de las masas de agua circundantes y cuyos climas (oceánico y mediterráneo) quieren ponerse en contacto a lo largo del valle. Ello da lugar a abundantes matices locales e importantes topoclimas, siendo el de la zona central uno de los más diferenciados y de mayor personalidad. Esta zona central, ocupada en gran parte por la comarca de Los Monegros, sufre los efectos de un continuado foehn desde la cordillera Ibérica, Pirineos y cordilleras Catalanas que modifica los regímenes de lluvias del W-NW y E. Resultado de ello son las escasas lluvias en general, con régimen de mínimo invernal y más acusado todavía en verano, máximas precipitaciones durante los equinoccios, elevadas temperaturas estivales que contribuyen a la fuerte oscilación anual, y una gran aridez que llama fuertemente la atención, entendiendo como tal una continuada anomalía en el balance precipitación-evapotranspiración.

 

La herencia del pasado

Para mejor comprender el clima actual de esta comarca, y también su cubierta vegetal, es necesario remontarse al pasado y analizar el proceso evolutivo que ha tenido lugar durante los últimos milenios o millones de años. Los análisis polínicos aportan gran información en este sentido y permiten reconstrucciones referidas a grandes periodos y para amplios territorios, independientemente de que la imagen suministrada (espectro polínico) por el análisis, y su interpretación, puede distar bastante de la correspondiente a la vegetación emisora.

A principios del Eoceno, hace 60 millones de años, el clima debió de ser de gran afinidad tropical, con oscilantes variaciones de humedad según épocas y tendencia a la aridez conforme transcurren los milenios. Sin embargo un importante acontecimiento orogénico de finales de esa época fue responsable de un cambio a condiciones más secas y contrastadas. La orogenia alpina hace que la cuenca del Ebro quede aislada del océano Atlántico, a la vez que las cordilleras catalanas la aíslan del Mediterráneo. De esta forma se estructura una gran depresión lacustre, con un clima tendente a mayor aridez debido a la sombra pluviométrica que ejercían los relieves circundantes. En el Oligoceno, -35 millones de años, la aridez es muy notoria durante algunos periodos de miles de años, que alternan con otros algo más húmedos. Estas condiciones apenas varían durante la siguiente fase geológica, de manera que durante el Mioceno (-30 y -15 millones de años) la depresión del Ebro tuvo un clima caracterizado por temperaturas elevadas y gran aridez, lo que parece ser una constante durante aquellas épocas. El momento de máxima crisis climática ocurre durante el Mesiniense en que el Mediterráneo casi se secó, lo que favoreció la progresión de la vegetación esteparia asiática y su contacto con la del occidente de la cuenca mediterránea.

Paulatinamente fue evolucionando hacia un clima más húmedo, y en el Plioceno (-15 y -5 millones de años) la cuenca mediterránea parece ser que tenía un clima con características de tropical húmedo, facilitando que sus zonas limítrofes se cubrieran de densos bosques. Estas condiciones fueron preponderantes durante mucho tiempo, de manera que el dominio del actual clima mediterráneo fue relativamente cálido y húmedo hasta hace 5 millones de años.

Hace 3 millones de años, y coincidiendo con el avance glacial norpolar, tiene lugar un descenso general de la temperatura y humedad, al que se atribuye el origen de la diferenciación de las especies mediterráneas actuales. Efectivamente, sólo han subsistido las especies que soportaron las nuevas condiciones fruto de las temperaturas más bajas en invierno y sobre todo la intensa sequía estival. Hace 2 millones de años, con la primera gran glaciación afectando al norte de Europa, dan comienzo las periódicas oscilaciones en que alternarán fases de enfriamiento que favorecieron la extensión de asociaciones estépicas y fases interglaciares en las que el incremento de la temperatura favoreció la supremacía del bosque de hoja caduca. El estudio de la evolución de la vegetación parece indicar que las fluctuaciones de la humedad han sido más decisivas que las fluctuaciones de la temperatura a la hora de caracterizar el comienzo de la evolución del clima mediterráneo.

Parece evidente que el establecimiento de la vegetación y clima mediterráneo es antigua y muy compleja de analizar, estando cada vez más admitido que el régimen actual deriva de uno tropical gradualmente alterado por reiterados enfriamientos y fases con elevado déficit pluviométrico. Los agrupamientos vegetales parecidos a los actuales parece ser que ya existían hace 2 millones de años, y se desarrollaron con ocasión de los estados de equilibrio entre flora y clima durante los fases glaciares, que favorecieron las formaciones tipo estepa, y las interglaciares que ayudaron a la recuperación de los bosques.

 

Los tiempos recientes.

La existencia en tiempos históricos de bosques más abundantes que ahora es innegable, y aunque tal formación no fuera predominante sí debió estar más representada en todo el territorio que en la actualidad, pero no con la extensión y densidad que a veces se pretende afirmar, sino más bien como formaciones más o menos abiertas. Y es que el clima de los dos últimos milenios apenas ha variado lo suficiente como para modificar substancialmente la cubierta vegetal, y cuando ésta lo ha hecho ha sido por causas humanas relacionadas con la actividad económica-ganadera. Es lógico admitir que en determinados momentos no se podía vivir más que de cierta explotación "poco racional" del suelo, con las consiguientes secuelas que ello dejaba en el paisaje.

Las crónicas que relatan el avance de la civilización romana por el valle del Ebro contienen frecuentes alusiones a la facilidad de maniobra que tenía la caballería, algo difícil en terrenos boscosos, y las penurias de sed y hambre que pasaron los ejércitos de Pompeyo hostigados por las legiones de Julio Cesar. Las descripciones hacen referencia a un territorio seco, con escasa agua y, al igual que ahora, sin formaciones boscosas que dificultaran el trazado de las vías de comunicación por zonas donde las posibilidades de emboscadas fueran mínimas. Los testimonios de historiadores prueban que el aspecto de Los Monegros de hace dos mil años no era muy distinto del actual, y lo mismo podría decirse de algunos millones de años atrás.

Recientes estudios dendroclimáticos realizados en la zona monegrina han permitido reconstruir las precipitaciones y temperaturas desde el siglo XIV en Castejón de Monegros (Huesca). El análisis de los valores que conforman ambas series indican que durante los últimos 600 años no ha habido un cambio en la tendencia general que suponga el paso a otras condiciones climáticas, sin que ello excluya la presencia de alteraciones y anomalías de corta duración durante las cuales el clima presentó comportamientos peculiares, ya sea de fuertes incrementos o decrementos de la temperatura o precipitación, pero siempre de corta duración y sin posibilidades de modificar el paisaje. Tal es el caso de la gran irregularidad termopluviométrica de los siglos XV, XVI y parte del XVII coincidentes con la Pequeña Edad Glaciar, o las alternancias de periodos húmedos(1719-1788, 1859-1876, etc) con otros más secos de características mediterráneo continentalizadas (1784-1867, 1874-1923, etc.) que de alguna forma indican el tipo de influencias climáticas que configuran el clima del sector central, aunque mucho más frecuentes e intensas las segundas que actúan como factor climático fundamental.

 

La tendencia actual.

La evolución del clima de Los Monegros no se separa de la tendencia general observada a escala planetaria, la cual muestra un incremento térmico durante todo el presente siglo y un variable comportamiento de la precipitación según zonas. Lo mismo ocurre en el valle del Ebro, donde el citado ascenso térmico es constatable en todo este ámbito espacial, como también lo es el descenso de temperatura ocurrido entre 1940-1965.

Sin embargo, la precipitación presenta un comportamiento espacial más irregular, de manera que aun en el mismo valle del Ebro es posible diferenciar comportamientos de la lluvia con tendencias casi opuestas según zonas. Sin embargo son tendencias globales que carecen de significación estadística, incluso para el conjunto del periodo 1900-1970 cuya tendencia es aparentemente más definida. A partir de 1970 la disminución de la lluvia es evidente en toda la extensión de Los Monegros, llegando a reducirse un 30% entre 1970 y 1990. En la parte más oriental de la comarca tal disminución se ve en parte compensada por las lluvias otoñales, que en la actualidad muestran un claro aumento relacionado con la mayor actividad ciclónica en ese mar durante esta época.

 

Análisis de los elementos del clima.

Es evidente que el comportamiento de cualquier variable climática es decisivo a la hora de explicar las características del clima de un lugar. Sin embargo no todas tienen la misma importancia, ni actúan con la misma intensidad, de manera que unas son más decisivas que otras para explicar la presencia o ausencia de determinadas formas de vida o la misma configuración del paisaje. La personalidad climática de Los Monegros estriba, precisamente, en el peculiar comportamiento de determinadas variables, que llegan a comportarse como auténticos factores limitantes ante los cuales las distintas formas de vida deben adaptarse o adoptar singulares estrategias de supervivencia.

 

Escasez e irregularidad de las precipitaciones.

Sin duda constituye el rasgo climático más sobresaliente y que mejor define el clima de Los Monegros. La cuenca del Ebro es una fosa de hundimiento de forma triangular rodeada de tres cordilleras (Pirineos, Ibérica y Costero-Catalanas) que la aíslan del efecto termorregulador que ejercen las masas de agua circundantes de la Península. Tales relieves actúan a modo de pantalla, creando frecuente nubosidad de estancamiento y precipitaciones en las vertientes exteriores cuando los vientos húmedos tratan de penetrar en ella. Estancamiento y foehn hacen que el aire que alcanza la depresión sea cálido, tenga escasa humedad relativa y en consecuencia vea muy reducidas las posibilidades de precipitación. Por el contrario, incrementa su capacidad evaporante y somete a un fuerte estrés a las distintas formas de vida.

Esta interacción relieve-masas de aire es responsable de la reducida precipitación que tiene lugar en el conjunto de la depresión, y muy particularmente en su parte central donde están situados Los Monegros, punto donde se registran las menores lluvias de toda la cuenca. Tanto es así, que los reducidos totales anuales son comparables a los que se registran en las zonas más secas del sur y sudeste español.

Los valores anuales oscilan entre los 434 mm de Sariñena y los 371 de Sástago, quedando el conjunto de la comarca por encima de los 350 mm. Al norte de la sierra de Alcubierre se registran precipitaciones ligeramente superiores a los 400 mm anuales, probablemente debido al distanciamiento del centro de la depresión donde la indigencia pluviométrica es más fuerte. Una simplificación de la distribución de la lluvia anual permite decir que la isoyeta de 400 mm separa la mitad septentrional, al norte de la sierra, de la meridional donde predominan las tierras de secano.

 

Sariñena

Leciñena

Bujaraloz

Pallaruelo

Zaragoza

Sástago

Prec. anual

434

419

373

390

352

371

Prec. julio

26

26

17

21

24

23

 

 

Tales valores anuales son muy variables según los años, de manera que la media apenas alcanza representación cuando la lluvia recogida un año puede triplicarse, o reducirse a un tercio, según los años (valores inferiores a 200 mm pueden anteceder o suceder a otros que sobrepasan los 700 y 900 mm). La máxima variabilidad se alcanza en la parte noroccidental donde la secuencia de lluvias anuales permiten calcular coeficientes de variación interanuales del 33-38 % (Perdiguera, Alcubierre), mientras que en la mitad sur de Monegros oscilan entre el 25 y 30%. La mitad oriental y septentrional, incluida la depresión de Sariñena, presentan una irregularidad interanual cifrada entre el 20 y 25%. Todo ello evidencia que las lluvias, además de escasas, son muy irregulares, dependiendo de la fuerza con que alcanzan los centros ciclonales atlánticos y mediterráneos, y sobre todo de la mayor o menor presencia de bajas térmicas durante la época cálida cuyas fuertes lluvias, en pocas horas, pueden incrementar significativamente el total anual.

Si dicha irregularidad pluviométrica viene, además, acompañada de una gran intensidad, la posibilidad de aprovechamiento hídrico por parte de los seres vivos es realmente inferior a la que aparenta. Suele llover unos 60 días al año, equivalentes a una media de 6 días/mes, salvo en los estivales que se reduce a 2-3 días casi siempre en forma de tormenta. Raro es el año que no registre entre 2 y 4 días de precipitación superior a 30 mm, alcanzándose con cierta frecuencia valores superiores a 100 mm en intervalos de pocas horas. En estos casos se genera un régimen de gran torrencialidad, capaz de crear auténticas lagunas temporales, aprovechando tanto la horizontalidad del terreno que dificulta un rápido drenaje como las ligeras ondulaciones modeladas por el viento donde se acumula el agua. Después de una tormenta es frecuente encontrar nuevas pequeñas lagunas desconocidas para cualquier conocedor de la zona y con una perspectiva de vida efímera. Continentalidad estival y mediterraneidad explican que la máxima frecuencia de lluvias intensas coincida con los meses de julio y septiembre-octubre.

Si destacables son las escasas precipitaciones, igualmente lo son las secuencias secas que tienen lugar tanto durante la época cálida como la fría, aunque más repetitivas en aquella, y que con más frecuencia de la deseada se prolongan durante meses, incluso años. Todo depende de dónde se ponga el límite de final de sequía, que en modo alguno tiene que coincidir con una lluvia. Si la sequía es intensa, su desaparición puede requerir una continuada secuencia lluviosa, con lo que un periodo de tales característcas puede tener mucha más duración que un simple periodo sin lluvias.

El número de días sin precipitación llega a ser el 80% de los anuales y raro es el mes que no haya tenido precipitación nula. Lógicamente los meses con mayor número de días secos son julio y agosto. Considerando las secuencias según la sucesión natural de los meses y años, la máxima secuencia conocida de días sin lluvia en el observatorio de Zaragoza fue de 88 días y se inició el 5 de septiembre de 1978, periodo que podría iniciarse 33 días antes si no se considera una interrupción de 5 mm el día 3 de agosto. Por tanto, se podría hablar de un periodo sin lluvias de 121 días. Otras secuencias importantes fueron cuatro periodos que superaron los 60 días, que tuvieron lugar tanto en la época cálida (que es lo más frecuente) como en época fría. Según Ascaso, el 13 de diciembre de 1893 se inició un periodo seco que duró 69 dias. Lo cual indica que los potentes anticiclones de bloqueo hacen su aparición tanto en verano como invierno, condicionando un régimen de precipitaciones muy centrado en los periodos equinocciales.

Otro aspecto a considerar a la hora de analizar las aportaciones de humedad son la presencia de las nieblas. Sin duda es uno de los meteoros más característicos de Los Monegros, como lo es en toda la depresión del Ebro durante el periodo invernal. Se forma en condiciones de estabilidad atmosférica que limite los vientos en superficie. El aire en contacto con el suelo se enfría y da lugar a las nieblas de irradiación. En otros casos la depresión actúa como cuenca receptora de las masas de aire enfriadas en los relieves circundantes y que se remansan en las zonas más bajas debido a su mayor densidad. En ambos casos se producen potentes inversiones de temperatura, condensándose la humedad en forma de una densa niebla que cubre todos Los Monegros y sólo las cumbres de la sierra de Alcubierre emergen del mar de niebla que uniformiza todo el fondo del valle del Ebro y que con frecuencia persiste durante varios días. Como momentos de persistentes nieblas destacan los 19 días consecutivos en diciembre de 1956 y los 18 días de enero de 1983. En el observatorio de Robres, a 670 m de altitud sobre la sierra de Alcubierre, se registran sólo 10 días de niebla al año, mientras que en Sariñena ya aparece durante 20 días al año, pero en Zuera y Grañén ya se superan los 25 días. De ellas, más del 80% tienen lugar en los meses de noviembre, diciembre y enero (el "trimestre de las nieblas"). Es un meteoro de gran importancia biológica para la zona, dado que supone una gran aportación de humedad (precipitación horizontal) durante la época fría, precisamente cuando los frecuentes anticiclones invernales bloquean las lluvias frontales tan necesarias para los cultivos de secano durante el final del invierno.

 

Predominio de un régimen térmico extremado.

La marcha anual de la temperatura pone de manifiesto los rasgos continentales de la comarca monegrina, reflejados en un invierno y verano de larga duración que contrastan con una primavera y otoño mucho más cortos. El frío invernal y el fuerte calor estival prevalecen durante gran parte del año, reflejo de la gran inercia térmica que domina en las zonas interiores donde apenas llegan las masas de aire húmedas. El invierno suele durar unos 120 días (de mediados de noviembre a marzo), seguido de una primavera que no supera los 60 días (hasta mediados de mayo). El verano se prolonga durante más de 150 días (hasta mediados de octubre) y el otoño tan sólo dura unos 40 días. Por consiguiente, sólo el 33% de los días del año tienen rasgos equinocciales.

Dicha evolución térmica no está exenta de anomalías frías o cálidas, asociadas a situaciones atmosféricas que adelantan, interrumpen o prolongan las estaciones astronómicas. Tales advecciones, cuando dan lugar a heladas tardías, pueden tener gran repercusión económica ya que incluso en abril pueden arruinar las cosechas.

 

Med. máxim

Media

Med. mínim

Med. julio

Med. enero

Sariñena

20,4

14,5

8,5

24,7

3,8

Leciñena

21,6

14,5

7,3

25,1

4,0

Bujaraloz

19,7

14,4

9,1

25,8

5,4

Sástago

21,1

14,8

8,5

25,8

5,3

La temperatura media anual es de unos 14,5 ºC, valor que puede extenderse al conjunto de la comarca dada la planitud del relieve a excepción de la sierra de Alcubierre donde la altitud impone una normal reducción de los valores. El mes más cálido es julio con valores cercanos a 26 ºC, seguido de agosto con algo más de 24 ºC. Por el contrario, diciembre y enero son los más fríos, con una temperatura media cercana a 5 ºC. La media de las máximas anual es de 20 ºC y la de las mínimas oscila en torno a los 8 ºC. Ello supone una oscilación media anual de 12 ºC, que aumenta a una media máxima extrema de 34 considerando los 33 ºC de la media de las máximas de julio y los 0,9 ºC de media de las mínimas de enero. La oscilación máxima absoluta alcanza los 53 ºC, a partir de los valores extremos absolutos registrados durante un periodo de 40 años: una máxima absoluta de 41 ºC en julio y una mínima absoluta de -12 ºC en diciembre. Tales oscilaciones son, sin duda, muy acusadas y definen el clima de esa zona como de gran continentalidad.

A lo largo del año, durante 130 días se superan los 25 ºC de máxima y durante más de 65 días se superan los 30 ºC. De estos últimos, 23 días tienen lugar en julio, que le convierten en el mes más cálido para el conjunto de la zona. Estos valores máximos extremos ocurren cuando en las capas altas de la atmósfera persisten las condiciones anticiclónicas que favorecen el calentamiento del aire en las capas bajas, formándose con frecuencia una baja térmica en superficie que arrastra aire muy cálido del S y SE.

Durante 45-48 días el termómetro desciende por debajo de 0 ºC. Ocurre entre finales de octubre, que ya puede recibir la primera helada, y mediados de abril en que acontece la última. Ello da lugar a un periodo superior a los 180 días en el que es posible generarse una helada, pero el 50% de las mismas se agrupan en los meses de diciembre y enero. A lo largo de varios años todos los meses comprendidos entre noviembre y marzo han registrado valores mínimos inferiores a -6 ºC, incluso a -14 y -12 ºC en los meses de diciembre, enero y febrero. Tales heladas son consecuencia de situaciones meteorológicas distintas: las más intensas están provocadas por invasiones de masas de aire frío polar o subpolar continental acompañadas de fuertes vientos, muy frecuentes en la época invernal, otras se deben a procesos de irradiación favorecidos por situaciones anticiclónicas y atmósfera estable que generan potentes inversiones de temperatura. Estas últimas son más propias de la primavera y, aunque menos intensas que las anteriores, suelen ser bastantes persistentes.

 

Insolación y viento.

A la escasez de precipitaciones y fuerte oscilación térmica se une el efecto de una elevada frecuencia de viento, que barre la escasa nubosidad que alcanza la depresión del Ebro, facilita una elevada insolación y genera altas tasas de evaporación.

El número de horas de sol del conjunto de la parte central de la depresión es muy elevado, oscilando entre las 2670 horas/año en Zaragoza y las 2720 en Lérida. Por consiguiente, aunque la comarca de Los Monegros carece de este tipo de mediciones, puede extrapolarse una cantidad cercana a las 2700 horas anuales con un mínimo de error. Tales datos están inversamente relacionados con la nubosidad que, por razones ya explicadas, es bastante pequeña en toda la comarca de Los Monegros. Sólo 79 días al año tienen el carácter de cubiertos, 196 son nubosos (nubosidad entre 6 y 8 octas) y 90 despejados.

Y es que cuando sopla el cierzo, los sistemas nubosos desaparecen rápidamente, la humedad relativa cae de forma espectacular y se reduce a valores cercanos al 25%, y su acción desecante es muy intensa al activar la evapotranspiración. El viento más frecuente e intenso es el cierzo, nombre con el que se designa a todo viento que cruza el valle siguiendo la dirección NW-SE impuesta por la topografía, a pesar de que en su origen puede tener componente oeste, noroeste y norte en función de las configuraciones barométricas que lo provocan. Se establece una media de 109 días al año, con máxima frecuencia en los meses de invierno y primavera, y mínima en verano. Su velocidad media anual es de 16 km/hora en Zaragoza. Sin embargo es un viento muy racheado y su velocidad instantánea puede ser muy elevada. En la citada localidad el 3% de las veces alcanza velocidades superiores a los 100 km/hora y el 20% de las veces supera los 45 km/hora.

Nubosidad y porcentaje de viento con dirección NW en Zaragoza 

 

Días despejados

Días nubosos

Días cubiertos

% direcc. NW

Enero

6,1

15,6

9,3

27,0

Febrero

6,1

15,5

6,4

34,5

Marzo

6,0

16,1

8,9

41,0

Abril

6,6

16,5

6,9

40,0

Mayo

6,3

16,8

7,9

29,0

Junio

7,0

17,7

5,3

29,4

Julio

13,6

15,7

1,7

20,7

Agosto

12,6

15,9

2,5

30,1

Septiembre

7,5

17,3

5,2

22,4

Octubre

6,4

17,5

7,1

24,6

Noviembre

6,2

16,2

7,6

24,4

Diciembre

5,5

15,0

10,5

22,8

AÑO

89,9

195,8

79,3

28,8

 

Evidentemente, su frecuencia y velocidad varían ligeramente entre el norte y sur de la sierra de Alcubierre, como lo demuestra la frecuencia de calmas que pasa de un 20% en Zaragoza a un 40% en Huesca. Lo cual indica que la zona sur de Los Monegros, y en conjunto toda la zona central del valle cercana al Ebro, está mucho más afectada por el cierzo al carecer de relieves que desvíen su dirección o frenen su velocidad.

Aparte de sus posibilidades como fuente de energía, su influencia sobre el clima y el paisaje es evidente, ya sea activando la evaporación y favoreciendo la aridez, condicionando el tipo de vegetación y su forma, dispersando las nieblas, e incluso como modelador del relieve al sobreexcavar ciertas zonas por medio de su acción de arrastre.

 

La persistente aridez

Sin duda es el rasgo climático que mejor define el clima de Los Monegros y como tal es resultado de unas escasas aportaciones de humedad debido a los relieves que apantallan el conjunto de la depresión y a unas elevadas pérdidas por evapotranspiración favorecidas tanto por las altas temperaturas estivales como por la persistente acción evaporante del viento cierzo capaz de reducir la humedad relativa a valores muy pequeños. De alguna forma representa la síntesis de los factores climáticos que actúan con mayor intensidad sobre los seres vivos, hasta el punto de ser para ellos un factor limitante de primer orden.

Mediante fórmulas semiempíricas pueden estimarse los valores de evapotranspiración potencial para la zona de Los Monegros, obteniéndose cantidades que oscilan entre los 800 y 850 mm/año en la zona de Bujaraloz y ligeramente superiores en las zonas de Sariñena, al norte de la comarca, y Sástago-Caspe, al sur. Tales matices, más que reales habría que atribuirlos a los diferentes valores que toma la temperatura según el periodo de tiempo considerado.

El 50% de la evapotranspiración anual se produce en verano (400-425 mm) coincidiendo con el momento de temperaturas más elevadas, mientras que durante la primavera y el otoño las necesidades teóricas de agua se reducen a menos de la mitad de la estival (180-190 mm). Relacionando dichos valores con la disponibilidad real que representa la precipitación obtenemos un déficit anual de 400 y 450 mm/año, generado durante la primavera, verano y otoño. Sólo el invierno escapa a ese déficit. La mayor concentración de déficit tiene lugar en verano (unos 300 mm), seguido del otoño (75-80 mm) y la primavera (50 mm), épocas en las que la aridez se manifiesta con mayor intensidad.

 

Sariñena

Leciñena

Bujaraloz

Pallaruelo

Zaragoza

Sástago

ETP anual

840

820

810

800

801

830

Déficit

440

410

430

400

460

440

 

 

A ningún conocedor de las formas de vida de la zona y del paisaje monegrino se le escapa que estos déficits de agua dan lugar a un clima de acusada aridez, independientemente si el clima debe clasificarse como árido o sólo semiárido en función de las aportaciones de humedad que se produzcan.

Para su catalogación pueden utilizarse variados índices que con más o menos acierto tratan de sintetizar la realidad climática del lugar. El índice de Gorcynski, más adecuado para medir el grado de continentalidad, aporta un valor de 30, sin duda uno de los valores más elevados que pueden darse en el valle del Ebro. Sin embargo debe tenerse en cuenta que tal continentalidad no debe calificarse como extremada, en cuanto que la oscilación media anual apenas supera los 20 grados y la concentración de la lluvia estival no sobrepasa el 25% de la anual, límites inferiores de la considerada continentalidad extrema. Tal consideración no excluye que determinados años presenten características mucho más extremas, como ocurrió en 1983 en que la precipitación estival superó la de cualquier otro trimestre. Precisamente son estos años extremos, sobre todo desde el punto de vista térmico, los que marcan las posibilidades de éxito de ciertas formas de vida, dado que representan las máximas condiciones limitantes que deberán superar en los momentos más críticos.

El índice de Dantín clasifica a Monegros como clima árido, aunque muy cerca del tipo semiárido. Y a la misma conclusión se llega calculando el índice de d´ Emberger. Thornthwaite clasifica los clima en función de los valores de evapotranspiración potencial y del balance (déficit o exceso) de agua. Según los valores obtenidos aplicando dicha clasificación, no se produce exceso de agua en ningún momento de un año promedio, mientras que el déficit de humedad afecta a los meses de junio a octubre inclusive, configurando el periodo más crítico y de máxima aridez. Por consiguiente, según la clasificación del citado autor el clima de Monegros también queda encuadrado dentro del grupo de climas cuyo rasgo más sobresaliente es la aridez, si bien quedaría en el grupo de los semiáridos, tipo mesotérmico II.

 

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